miércoles, 25 de mayo de 2011

Fernando Pessoa - Ricardo Reis

Fernando Pessoa fue un tipo muy singular. Quizás quien mejor ha entendido el juego de la vida social, y ha trasladado con enorme sinceridad y sensibilidad esa fragmentación del ser en segmentos disociados, en perfiles funcionales, a veces incluso contradictorios, a su propia creación, a la que por lo demás otorgó el carácter sublime de la existencia.
Construyó toda su obra a través de heterónimos, e incluso publicó críticas de sus propias piezas firmadas por otros heterónimos. De ellos, los más conocidos son Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Bernardo Soares, lista a la que yo agregaría al sorprendente Alexander Search, que escribía en inglés, y muy bien por cierto, y con quien mantuvo una profusa correspondencia (es decir, por si no se entendió: se carteaba consigno mismo). Es que Pessoa era absolutamente bilingüe, y no sólo traducía y escribía en inglés sino que podía pensar complejamente en ese idioma. De hecho, la mayor parte de lo que se le publicó en vida fueron colecciones de poesía en inglés. Educado en un colegio británico de Durban (Sudáfrica), tradujo gran parte de la obra de Poe.
En El banquero anarquista, un manuscrito presumiblemente de 1914, Pessoa razona sobre las implicancias últimas de un grupo anarquista que dirige sus esfuerzos a la  destrucción de la tiranía  manifestada por las ficciones sociales, que crean desigualdades "antinaturales" -el anarquismo de principios de siglo entendía que las únicas desigualdades admisibles eran las determinadas por la Naturaleza, siendo que toda otra obedecía a una institución social, y toda institución social que creara desigualdades era injusta y debía ser destruida para conseguir la libertad del hombre-. Nos dice su personaje:

"En el grupo de propaganda, no éramos muchos; éramos unos cuarenta, salvo error, se daba este caso: se engendraba tiranía. [...] De la siguiente manera... Unos mandaban en otros y nos llevaban por donde querían; unos se imponían a otros y nos obligaban a ser lo que ellos querían; unos arrastraban a otros por mañas y por artes a donde ellos querían. No digo que hiciesen esto en cosas graves; además, no había allí cosas graves en las que hacerlo. Pero el hecho es que esto ocurría siempre y todos los días, y ocurría no sólo en asuntos relacionados con la propaganda, sino fuera de ellos, en asuntos vulgares de la vida. Unos iban insensiblemente para jefes, otros insensiblemente para subordinados. Unos eran jefes por imposición; otros eran jefes por astucia. Esto se veía hasta en el hecho más simple. Por ejemplo: dos de los muchachos iban juntos por una calle adelante; llegaban al fin de la calle, y uno tenía que irse a la derecha y el otro a la izquierda; a cada uno le convenía irse hacia un lado. Pero el que se iba a la izquierda le decía al otro: "Vente por aquí conmigo"; el otro respondía, y era verdad: "Hombre, no puedo; tengo que ir por allí" por ésta o aquélla razón... Pero al final, contra su voluntad y su conveniencia, allá se iba con el otro hacia la izquierda... Esto ocurría una vez por persuasión, otra por simple insistencia, una tercera por otro motivo cualquiera, y así sucesivamente... Es decir, nunca por una razón lógica; había siempre en esta imposición y en esta subordinación algo de espontáneo, como instintivo... Y como en este caso tan simple, en todos los demás; desde los menos a los más importantes.
[...]

"Fíjese bien que esto ocurría en un grupo pequeño, en un grupo sin influencia ni importancia, en un grupo al que no le estaba confiada la solución de ninguna cuestión grave o la decisión sobre ningún asunto de peso. Y fíjese que ocurría en un grupo de gente que se había unido especialmente para hacer lo que pudiese por el anarquismo, es decir, para combatir, en la medida de lo posible, las ficciones sociales, y crear, en la medida de lo posible, la libertad futura.
[...]


Tres poemas de Ricardo Reis

 

1

Para ser grande, sé entero: nada
Tuyo exageres o excluyas.
Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres
En lo mínimo que hagas,
Por eso la luna brilla toda
En cada lago, porque alta vive.

2
Ven a sentarte conmigo, Lidia
a la orilla del río.
Con sosiego miremos su curso
y aprendamos que la vida pasa,
y no estamos cogidos de la mano.
(Enlacemos las manos.)

Pensemos después, niños adultos,
que la vida pasa y no se queda,
nada deja y nunca regresa,
va hacia un mar muy lejano,
hacia el pie del Hado,
más lejos que los dioses.

Desenlacemos las manos,
que no vale la pena cansarnos. 
Ya gocemos, ya no gocemos,
pasamos como el río.
Más vale que sepamos pasar
silenciosamente y sin desasosiegos.

Sin amores, ni odios, ni pasiones
que levanten la voz,
ni envidias que hagan a los ojos
moverse demasiado,
ni cuidados, porque si los tuviese
el río también correría,
y siempre acabaría en el mar.

Amémonos tranquilamente,
pensando que podríamos,
si quisiéramos,
cambiar besos y abrazos y caricias,
mas que más vale estar sentados
el uno junto al otro
oyendo correr al río y viéndolo.
Cojamos flores, cógelas tú y déjalas
en tu regazo, y que su perfume suavice
este momento en que sosegadamente
no creemos en nada,
paganos inocentes de la decadencia.

Por lo menos, si yo fuera sombra antes,
te acordarás de mí
sin que mi recuerdo te queme
o te hiera o te mueva,
porque nunca enlazamos las manos,
ni nos besamos
ni fuimos más que niños.

Y si antes que yo llevases el óbolo
al barquero sombrío,
no sufriré cuando de ti me acuerde,
a mi memoria has de ser suave
recordándote así, a la orilla del río,
pagana triste y con flores en el regazo.



3


Las rosas del jardín de Adonis
Son las que yo amo, Lydia, esas efímeras rosas
Que en el día de su nacimiento,
En ese mismo día, mueren.

La luz es eterna para ellas, pues
Nacen con el sol cuando ya ha salido, y se acaban
Antes que Apolo pudiera incluso iniciar
Su visible trayectoria.

Como ellas, déjanos hacer de nuestras vidas un día,
voluntariamente, Lydia, desconociendo
Que existe la noche antes y después
de lo breve que perduramos.




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