viernes, 27 de mayo de 2011

Vanguardia o cine puro

Comúnmente se utiliza la palabra «vanguardia» en el vocabulario militar, para designar los órganos de reconocimiento y de protección que avanzan separados por delante de las tropas. Por extensión, el término se aplica a las criaturas que, en los dominios literarios o artísticos, están avanzadas a su tiempo y se oponen a las normas en vigor. «La vanguardia», dice Mario Verdone, «busca, precede, estimula; opone lo nuevo a lo viejo, el porvenir al pasado, la transgresión a la legalidad.» Su ideal sería la instauración de una «contracultura».
De manera menos extensiva, este vocablo hace referencia a una actividad marginal, de tipo expe­rimental, que se fue desarrollando a lo largo de la historia del cine, independientemente de los gran­des circuitos de producción o contra ellos. Esto comenzó en Francia, tras la Primera Guerra mundial. En ruptura declarada con cierto tipo de cine «popular), surge un movimiento en vistas a la promoción de un «séptimo arte» autónomo, que rechaza las convenciones del guión, los subtítulos, la dramaturgia, etc. El italiano Ricciotto Canudo fue el apóstol de esta reacción, a la cual se sumaron Louis Delluc, Jean Epstein, Germaine Dulac y algunos otros.
Se comienza a hablar de «fotogenia» y «cineplástica». Esta primera vanguardia sólo consigue un público muy limitado. No obstante, dio vida a algunas obras ambiciosas como El hombre gene­roso, Corazón fiel, La mujer de ninguna parte, El dorado o La inhumana.
Una segunda tendencia se desplegó entre 1925 y el fin del mudo. Ésta será más tumultuosa, más empírica, muy influenciada por el dadaísmo y el surrealismo, y se extenderá por un pequeño territorio de Europa. Es la época del desarrollo de los cineclubes y de salas parisienses especializadas (Ursulinas, Estudio 28); se afirma una crítica independiente, notablemente con La fíevue du Cinema, de Jean George Auriol. Escritores y pintores reciben encargos de mecenas para rodar películas. Se habla entonces de «cine puro», de «película integral».
El film faro de esta segunda vanguardia fue el explosivo Un perro andaluz (1929) de Luis Buñuel y Salvador Dalí, según una aplicación al cine de la escritura auto­mática cara a los surrealistas. Buñuel reincidirá con La edad de oro (1930), verdadera máquina de guerra dirigida contra la sociedad burguesa, que la censura prohibirá. Aunque muy distanciado de semejantes agitadores, Jean Cocteau se inscribió en su estela con La sangre de un poeta (1930), que combinaba los ideales de la vanguardia junto con sus fantasmas personales.
En Alemania, en Bélgica, en los Países Bajos, el movimiento es seguido por Walter Ruttman, Hans Richter, Henri Storck y el propio Eisenstein, que supervisa en Francia un cortometraje de inspiración «vanguardista», Romance sentimental.
La influencia se hace notar en el documental (Nogent, Eldorado du dimanche, A propósito de Niza), el film científico (Jean Painlevé), y el militante (Joris Ivens). La animación también empieza con Osear Fischinger, Berthold Bartosh y Len Lye.
El cine sonoro pondrá un brutal punto y final a estas investigaciones.

                                 PELÍCULAS CLAVE DE LA HISTORIA DEL CINE

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